Nacemos vinculados a una especie de tapiz en el que se entretejen los destinos de todos los que son parte de nuestra familia. Cada hilo, cada vida y cada evento, aporta su tonalidad al diseño haciendo de él una pieza única. Ninguna vida es insignificante, ningún destino carece de dignidad en el entramado del alma familiar. A veces, inadvertidamente, nuestro amor mira hacia un ancestro o hacia su destino con lealtad, temor, vergüenza, lástima, desprecio o enojo, y entonces pretendemos separarnos de él, o componer algo de su destino, o negar algo, o ayudarle con algo, y esto nos conduce lejos de la plenitud de nuestro propio destino.